Jahren, H., La memoria secreta de las hojas (Barcelona: Paidós, 2017).

Lo que de primeras no entiendo es por qué en castellano le han puesto un título tan poco acertado a Lab GirlLa memoria secreta de las hojas. Para empezar, con ese título parece una mala novela romántica donde un apuesto abogado neoyorkino se enamora de una evasiva florista de Colorado y es capaz de dejarlo todo por conquistarla; o la delicada historia de una viuda que dirige un invernadero en una pequeña población costera de New Hampshire y no quiere enamorarse del atractivo repartidor/fontanero/manitas del pueblo porque su pasado es oscuro y doloroso y no cree que pueda volver a amar. Señores de Paidós, ¿es una broma? Si querían cambiarle el título, podían haberlo llamado Investiga como puedas y se hubieran acercado más.

Segundo, en el libro apenas se menciona una vez el estudio científico que descubrió que los árboles (no las hojas) parecen tener una memoria que comparten, además, con el resto de árboles de su especie en el mismo entorno. Pero no es para nada secreta. ¿Le han puesto ese título porque tiene hojas en la portada? El mundo editorial español me fascina con estas cosas.

Lo que hace Hope Jahren es escribir un libro a medio camino entre la divulgación y la biografía. Hay decenas de resúmenes y sinopsis por ahí, yo voy a hablar de otra cosa. Voy a hablar de Bill, el coprotagonista de la historia, su eterno compañero de laboratorio; de lo bonita que es su relación (no amorosa en el sentido tradicional) y de cómo Jahren, en más de un momento, insiste en explicar su perplejidad ante el hecho de que la gente no sea capaz de entenderla. Bill es genial, y te sorprendes pensando más de una vez a lo largo del libro cómo es posible que un personaje así no sea ficticio, sino un ser humano de carne y hueso. Nos hemos olvidado de que en el mundo existen seres humanos excepcionales. Y qué bonita es la botánica, madre mía. Y qué bien lo cuenta Jahren. Supongo que desde la misma portada, desde su (mal elegido) título en castellano, se presiente que parece ser una “historia femenina”, con todas sus connotaciones negativas, y es un asco que este libro pase por un libro “femenino” que vaya a ser ignorado por toda esa maraña de lectores ingenuos que se han dejado convencer de que lo femenino en literatura es de menor calidad o que no merece la pena por no estar a la altura. El libro habla de flores y de sentimientos, sí, pero también de ciencia, de descubrimientos, de la fascinación por la realidad geológica y biológica del único planeta que puede sostenernos. Habla de frustraciones, de relaciones rotas, del esfuerzo intelectual y de su futilidad en el mundo empresarial, de sexismo y de lo que es ser mujer, o no serlo. Cito, pág. 298:

Así como soy demasiado impulsiva y agresiva para tenerme por un prototipo de mujer, tampoco me sacudiré jamás de encima esta creencia apagada y falsa de que soy algo menos que un hombre.

Esto se va haciendo cada vez más injusto a medida que avanza el libro y no te cansas de él. Jahren, que en sus primeros años universitarios estudió Literatura inglesa, escribe impresionantemente bien. María José Viejo Pérez e Ignacio Villaró Gumpert han hecho algo bueno con la traducción. La mayor parte de los pasajes son un baile de palabras y conceptos, puro alimento intelectual y poético. Como muestra, quien quiera leerlo, su precisa y fabulosa descripción de lo que es un ataque maniaco en el capítulo del que empieza a hablar de su diagnóstico de trastorno bipolar (no apunté dónde está y ahora no lo encuentro, pero buscadlo). O también esta cita (pág. 304) que te deja descolgada. Habla de una planta a la que llaman C-6, un rábano pequeño con el que están experimentando:

Mi reloj y el suyo estaban perpetuamente desincronizados, un simple hecho que había abierto un abismo insalvable entre nosotros. Así como yo parecía experimentarlo todo, él aparentaba estar en actitud pasiva, sin hacer nada. Tal vez, no obstante, desde su punto de vista yo no hacía más que ir de un lado a otro a toda velocidad, como un borrón, y, a semejanza de un electrón dentro de un átomo, desplegaba una actividad aleatoria excesiva para que se me considerara viva.

Solo un cuerpo sin alma no disfrutaría de este libro, lingüística, científica y literariamente.