Prácticas mágicas y el mal vicio de leer

Hace como un millón de años, en una asignatura de una carrera que ya no existe, la profesora nos estaba hablando de cómo enfrentarnos a la voz narrativa de un texto y sacarle más información de la que aparentemente pretendía dar. Yo estaba encantada con aquella nueva perspectiva y se me ocurrió levantar la mano en el turno de preguntas. «¿Cómo se podría hacer esto mismo en un libro como La historia interminable?». La pregunta me sigue pareciendo muy interesante: ¿cómo se analiza una voz narrativa cuando hay dos que interactúan entre sí? Ella, sin más, respondió: «No merece la pena perder el tiempo porque esa clase de libros no son literatura de verdad». Y ya está. A otra cosa.

Fue una de las razones de que dejara la carrera. No era solo el cansancio, los problemas acumulados, sino también la falta de perspectiva de aquellas personas y los prejuicios que te dejan encriptados en lo profundo en tus delicados años de formación. Hasta ese momento había visto a aquella profesora con respeto y admiración; pero esa persona a la que yo admiraba por todo lo que sabía (y todo lo que parecía poder enseñarme) tuvo una única interacción conmigo en todo el curso y fue para decirme que ni yo ni mis preguntas merecíamos respeto ni tiempo. Y me dejó muy tocada. Yo no había pensado que pudieran existir libros de verdad y libros de mentira. Eran libros, de muchas clases, de diferentes formas y trasfondos. Los lees, los disfrutas, te encandilan, te absorben, te aburren, pruebas otro, te enganchas, vas a por más, los dejas a medias, los odias, los amas. Yo había sido una lectora osada, y un poco ecléctica (y lo sigo siendo). No me fijaba en el género sino en si realmente la historia tenía ese algo mullido y acogedor que te hace quedarte. Lo tenía Ende, y también lo tenía Borges, y Unamuno, y Agatha Christie. Puede que no tuviera criterio a los ojos de aquellos seres del limbo celestial de la filología, pero su desprecio me cayó encima y no se fue en más de una década. Se convirtió en un prejuicio pegajoso que empezó a condicionar mis lecturas de un modo insospechado.

Al leer Prácticas mágicas de Nahikari Diosdado me he dado cuenta de que han pasado muchos años, pero ese prejuicio adquirido sigue haciendo daño a su manera. Sigo sin ser del todo abierta con lo que leo y disfruto, temiendo miradas o comentarios de desaprobación. Y también me he dado cuenta de que la parte de mí que se alimenta de la curiosidad ha ido deshaciendo la trampa con paciencia y obcecación, hasta que, al mismo tiempo, me importa un rábano en vinagre no estar siendo delicada, sesuda ni intelectual en mis lecturas, que aquí hemos venido a jugar, que la vida se acaba pronto. Obviamente, la profesora se equivocaba, pero eso lo sé ahora.

El problema (que no lo es) es que yo me había montado un andamiaje en el que tenía mis lecturas de primera categoría, mis textos sesudos, de gente que se queda pensando muy fuerte en sí mismos y en la última copa de vino que se han tomado durante cincuenta páginas. Libros que no terminaba de disfrutar, pero que debía leer. Y luego estaban mis lecturas escondidas, las que disfrutaba de verdad, que solían ser de género y avergonzables. Y no, mira, Noa, te estás equivocando. El ejemplo está aquí: no puedo decir que Prácticas mágicas sea algo escondible, ni avergonzable, porque no es verdad. Tiene ese tono acogedor de las buenas historias en las que hay que perder tiempo. Una buena tarde, una buen día de fiesta, una buena manta, un buen sofá.

No sé si habéis llegado aquí porque lo habéis leído o porque queréis leerlo. Si lo habéis leído, quizá estéis de acuerdo conmigo en que me ha encantado ese final. Hay un millón de cosas de toda esta historia que no entiendo y me fascinan (para bien); el poder mantenerte a veces en ese estado de estupor expectante es maravilloso. Una historia sobre un geriátrico (mágico, pero geriátrico) no puede contarse de otra manera que con ese goteo de los personajes, ese pequeño crecimiento, muy tenue, que al final explota. (Quizá haya un poco de spoiler-alert aquí). Diosdado maneja bien el equilibrio elegante de la fantasía de no dejarte descolgada pero tampoco explicártelo todo. Mira, hay un hombre-cabra gigante. Sí, lo hay. Acéptalo y sigue leyendo. Iba avanzando en las últimas páginas e iba conversando con la autora (de un modo que mi antigua profesora hubiera detestado solemnemente): «No se atreverá», me decía. «No se atreverá a hacerlo»… y sí, lo hace. Ya sabéis el qué. O lo sabréis. Como escritora sé que es difícil colocar al lector en una posición en que sepa más de la historia que el mismo protagonista, pero Diosdado hace que funcione: lo justo, al final, para dejarte con ganas de más. Pero qué bien hecho. Y qué divertido. Qué bien sienta leer historias así.

A todo esto, dejo una nota final para los de Cerbero: sé que la cosa está difícil y el camino adoquinado de mendigos de atención; pero no dejéis de hacerlo. No dejéis de publicar estos libros. No dejéis de ser como sois. Este comentario está 100% libre de peloteo, es cariño verdadero.

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