Quitadme el Photoshop

Solo queda de plazo hasta el 30 de septiembre para conseguir un ejemplar de Ernestina y los espíritus.

Podéis apuntaros aquí.

Mientras tanto, hay anuncios muy bonitos por ahí que hablan muy bien de la novela. No es por nada.

 

La ciudad en movimiento

Este el mapa que voy a utilizar para la edición especial de Ernestina y los espíritus (que ya está en preventa solo hasta el 30 de septiembre y lo podéis conseguir aquí). Pertenece a la Universidad de Harvard y me costó mucho dar con él. De hecho, espero que a los de Harvard no les importe demasiado que ande bordeando el límite de los derechos de autor que tienen para esta publicación y no se pongan tiquismiquis en el caso de enterarse. Pero esa es otra historia. No se lo digáis a nadie, por si acaso.

En realidad, el mapa está fechado en 1879, unos seis después de Ernestina (o d. E.), pero en aquel entonces no había mapas actualizados ni las ciudades se movían tanto como ahora. Algo como Google Maps les hubiera sonado a los contemporáneos a brujería. De hecho, para curiosos, sí que hay un mapa exactamente de 1873, pero ese sí que resulta totalmente inutilizable e inaccesible sin perder meses de pedir permisos a instancias oficiales y vaya usted a saber después. Aunque se puede consultar online (paradojas de esta brujería moderna; eso sí, para encontrarlo, tenéis que buscar la sección de “mapas topográficos históricos” en el menú de la parte superior izquierda, y allí dentro también veréis otras cuantas joyas).

Pero, aunque este mapa es posterior, en realidad es más interesante. Os explico un par de detalles: podéis ver unas líneas que bajan por la calle Alcalá hasta Sol, por ahí dan la vuelta y suben por Preciados (fijaos en que todavía no existía Gran Vía). Esas líneas son del tranvía a mulas que se inauguró en 1871, que salía directamente de la calle Serrano donde vivían Ernestina y Aurora, bajaba hasta Sol, Mayor, Bailén y después tiraba por Princesa. En noviembre de 1871 Benito Pérez Galdós escribió una novela corta inspirada en el gran evento (y el gran lujo y avance tecnológico para la ciudad) que había sido esta inauguración, que se llamó La novela del tranvía, que publicó a través de los  periódicos en los que colaboraba por aquel entonces (si no me equivoco, principalmente La Revista de España, aunque ya era director editorial de El Debate), y que hoy resulta bastante complicada de encontrar. Esto es filología profunda, de la de frikis como yo.

Fijaos en que es ese mismo tranvía el que se ve en las primeras fotografías (las clásicas) que se hicieron a la Puerta del Sol por aquellos años en que la fotografía empezaba a ser un invento moderno. Las más conocidas son las de J. Laurent (ya hablaré de él y de lo importante que fue otro día). Como esta:

Estos detalles, a falta de otros recursos, sirven para fechar fotografías de este tipo.

Una de las cosas que más me fascinan de escribir una novela así es percibir ese ambiente de expectación y cambio que se vivía en la ciudad en aquellos años: eran los comienzos del progreso constante al que estamos hoy tan acostumbrados. Entonces todo era nuevo: tranvías urbanos (aunque fueran a mulas), la fotografía… el hecho de que existiera una zona nueva entera en la ciudad… Todo empezó ahí, en este mapa, en esta fotografía.

Retrato de doña Ernestina

Hay un pequeño detalle en Ernestina y los espíritus: tienen en casa un retrato de doña Ernestina (la madre) realizado por Madrazo. Me tomé el gusto de encargárselo al pintor, aun sabiendo que no cobraba poco por sus trabajos, porque la familia de la que proviene la madre de Ernestina y Aurora siempre ha sido de posibles. Pero no digo qué Madrazo es.

En realidad, cuando lo escribí, di por hecho que todo el mundo entendería que se trataba de Federico de Madrazo. Aunque no hablo mucho de ello en la novela, hay cierto poso de nostalgia de un romanticismo español que nunca llegó a cuajar como en el resto de Europa, y que pronto se transformó en otra cosa. Federico de Madrazo retrató a dos mujeres muy importantes para el arte y la cultura de la España romántica: la condesa de Vilches (en la portada de la entrada) y Carolina Coronado.

Las dos promocionaron a los autores de la época, auspiciaron representaciones de teatro y veladas literarias, y con su dinero apoyaron a los artistas. Las dos, incluso, escribieron sus propias obras, que se han quedado en el olvido porque, en fin, fueron obras escritas por mujeres. Y, sin embargo, sin ellas el Madrid de la década de 1860 no hubiera sido el mismo. Ni la historia literaria y artística de España.

El drama interno dentro de la obra es que ambas apoyaban a Isabel II. Coronado incluso se exilió a Lisboa tras la victoria de La Gloriosa, que desterró a la reina en 1868. Doña Ernestina, la madre, estaba dentro del círculo de estas mujeres, sobre todo de Coronado, y fue algo que le inculcó a sus hijas. El problema era que su esposo, Joaquín, decidió colaborar con Serrano y Prim para echar a la reina. En todas las familias hay dramas internos raros: a pesar de que se quieren, nunca van en la misma línea política. De hecho, Joaquín seguía siendo monárquico (a la manera de Prim, pero monárquico al fin y al cabo) y su hija Aurora cada vez se comprometía más con las causas de la República.

El hecho de que ese cuadro (invisible, inventado) de Madrazo esté presente en la biblioteca de la casa de Ernestina habla de todas esas incongruencias internas que hay en el seno de la familia, y que habla de las incongruencias que siempre ha habido en la historia de España. No hay modo de pretender que la historia del país ha sido algo monolítico y estilizado; no hay manera de higienizar ideológicamente los hechos históricos y las historias internas. Quien pretenda hacerlo miente descaradamente, o se engaña a sí mismo, o pretende engañar a los demás con fines electoralistas y propagandísticos.

De hecho, ya era así desde antes de 1873.

Un jardín secreto

No puedo contar cómo entré exactamente, porque después tendría que mataros. Dejémoslo en que este que veis aquí es el jardín privado que Benito Pérez Galdós veía desde su cuarto todos los días cuando se encerraba a escribir La Fontana de Oro y los primeros Episodios Nacionales. Es un patio privado al que solo se puede acceder desde las viviendas de la manzana entre Serrano, Villanueva y Jorge Juan. Existe desde su construcción en la década de 1850, así que sí, la vegetación es un poco imponente más de 150 años después.

El edificio de Serrano 8 (hoy nº 22) donde vivía Galdós en 1873, el año de la Primera República, ya no existe. Fue de los pocos que derribaron del reciente ensanche madrileño donde se mudaban los nuevos burgueses y los aristócratas que querían dejar atrás sus caserones en el casco antiguo (y abarrotado) de Madrid. Cuando murió Domingo Pérez Galdós, hermano de Benito (relativamente joven, no llegaba a los 60 años) su viuda Margarita Hurtado y varias de las hermanas de Galdós decidieron dejar Canarias y mudarse a Madrid. Las malas lenguas dicen que huían de “mamá Dolores”, la matriarca de la familia. No sé dónde leí que entre hermanas, sobrinos y sirvientes aquella era una casa de locos, y que cuando Galdós estaba dentro (y no estaba paseando por Madrid, de tertulia en cafés, en conciertos, en la ópera o en el Ateneo, o en cualquier otro lugar disponible) se encerraba en su cuarto con la excusa de que tenía que escribir. Quizá, también, con la excusa de que le dejaran en paz. Galdós nunca quiso hablar de aquel año, ni en sus memorias ni en entrevistas. Los años previos, durante el reinado de Amadeo I, le habían dejado al mando del periódico El Debate, de tirada diaria, y la actividad había tenido que ser frenética. No estaba mal para un joven que no había cumplido aún los 30 años y había acabado abandonando la carrera de Derecho. También escribía en La Revista de España y empezaba a hacerse un nombre en los medios de la época. Con ayuda de su cuñada Margarita, que le financió la publicación, había publicado en 1870 La Fontana, y se publicitaba en los medios de la época. Pero con la llegada de la República se vio prácticamente sin trabajo y sin dinero propio. Solo realizaba algunas pequeñas publicaciones en la revista femenina La Guirnalda, propiedad de un amigo suyo.

Así que mi Benito, el de Ernestina y los espíritus, sale bastante a pasear con Aurora, hermana de Ernestina y vecina del primer piso del edificio. Aurora ve en Benito a un pequeño salvador que la lleva al Ateneo y quiere hablar de política. Y es posible que las hermanas de Benito, locas por casarle, pues ya tenía una edad, vieran con buenos ojos a aquella joven vecina, hija de militar y nieta de aristócratas, inteligente y poco dada a las fiestas sociales. Sin embargo, se sabe que Benito nunca tuvo tales planes. Aurora no lo intuye, y en algún momento comenzó a hacerse unas ilusiones que poco a poco la van intoxicando, y que Benito mantiene en pie sutilmente quizá por aburrimiento, o por ignorancia. Pero para saber más de eso ya os dejaré leer la novela.

Ernestina is on the way

El año pasado por estas fechas nuestro gato se fue de casa, tuvo un accidente del que no sabemos nada y apareció diez días después en la perrera municipal con una herida abierta e infectada y la cola destrozada (se la tuvieron que amputar). Lo cuento porque, hasta el año pasado, solo sucesos trágicos o radicales así me impulsaban a ponerme a escribir. Así iba yo por la vida.

Se me ocurrió que podía escribir y publicar esta novela, a la que llevaba un tiempo dándole vueltas, para terminar de pagar la factura del veterinario. Al final, lo fuimos pagando por otros medios y Ernestina y los espíritus se quedó en el limbo de mi indolencia. Pero no me dejó en paz. Por alguna razón, los personajes cobraron vida y se me paseaban por el pensamiento cuando menos lo esperaba. Yo pretendía ignorarlos o, en el mejor de los casos, dejarlos relegados a un olvido que durase años, pero no se dejaban. Al final tuve que ceder. Me he propuesto que este año de verdad de la buena (y no valen más procrastinaciones) Ernestina tiene que salir a pasear, y salir de una vez de mi vida cotidiana. Estoy harta de que se me presente sin avisar a la hora de la cena, que me contagie de ideas cuando no tengo nada cerca para apuntar, con esa risita suya tan de flautín y sus trajes decimonónicos arrastrando las pelusas del salón. Si todo va bien, antes de finales de agosto estará listo. Os iré contando más cosas.

Para empezar, la fotografía que preside esta web es la de la Puerta del Sol de alrededor de 1873, la de Ernestina, su hermana Aurora, el general Serrano, Benito Pérez Galdós y unos cuantos más. En el momento de la foto eran cerca de las tres de la tarde y Madrid, para no perder sus costumbres, no era un buen lugar para pasear.